Raons d’esperança de Juan L. Hernández

El mal que no se ve

    A Dorian Gray le fue dada la gracia de poder ver el estado, la imagen de su alma. Pero él era, tan solo, un personaje literario. A nosotros no se nos ha otorgado ese don, inmenso: el de visualizar el mal que hemos hecho o el bien que hemos dejado de hacer. A no ser que a los ojos negados se les denomine conciencia… Los ojos pueden cerrarse… Pero la conciencia tiene mucho de garrapata… No cercena nuestro libre albedrio, tan solo nos muestra los efectos de su uso…

     Acudimos al dermatólogo cuando una mancha se nos antoja sospechosa… Y suspiramos, aliviados, cuando la piel se regenera. ¡Joder, que alivio! Pero el sarcoma íntimo, ético, nos la trae al pairo, por invisible… ¿Los escrúpulos? Para eso no existe remedio en botica, pero siempre hallamos cura en la proyección de la culpa propia en la ajena. Si nuestra riqueza se basa en desgracia anónima  recurriremos al “y tú más”… Los obreros, a la postre, también son invisibles… Y si malversamos nos cobijaremos –como hizo una ínclita ministra- en la falacia de que el dinero público, a la postre, no es de nadie…

     Nos miramos al espejo (hoy, ayer, mañana). Vemos nuestra calvicie, nuestra seborrea… No nuestro pecado… Y así nos va…

    No sé si la Justicia acabará condenando a Griñán, o a Chaves, o a Rita… Si estarán aforados o no cuando eso suceda… No sé, tan sólo, de su culpabilidad o inocencia… No soy juez… Sólo espero que puedan mirar a los ojos de un mileurista, de un joven en paro o a sus víctimas, si las hubiera… Y lo hago extensivo, en este país de hipócritas, a ese obrero de base que cobra del paro, trabaja en negro, sisa de su empresa y se enorgullece de ello, pavoneándose de sus hazañas, ante la admiración de quien, queriendo ser ladrón, no lo fue, no porque no quisiera, sino porque no le favorecieron las circunstancias… Esos que, luego, tras abrir un periódico, censurarán la corrupción ajena, obviando la personal…

     No creo que llegue a formarse gobierno… Porque nadie está por la labor. El yo predomina sobre el nosotros. Y no cabe engañarse. A esos –todos- les importa un comino el anciano solitario, el enfermo de cáncer desplazado y sin recursos, el desahuciado en multitud de sentidos…  El que se las pasa canutas… Pero, ¡ojo!, que también le importa un comino a ese ciudadano de a pie que, vestido de fariseo, tira una primera piedra porque se ha olvidado de Cristo…

    Puede que esta nación necesite una regeneración del cáncer invisible. La que, lamentablemente, afecta a multitudes. Como esas, víctimas de tantos y de tantas cosas, que se acercaban a Cristo…  Creo que los valores evangélicos –asumidos desde la fe o el agnosticismo- harían prodigios en este sentido. Nos permitirían ver el estado de nuestras conciencias y, a partir de ahí, mudar el lienzo pidiendo o dando el perdón y ejercitando el tan denostado, hoy, propósito de enmienda…

     Nadie se sentaría, probablemente, en la barra de un bar junto a un leproso… Pero hay alguien (muchos) que no tienen reparo alguno en acomodarse junto a ese obrero estafador, junto a esa ministra iletrada que cree que el dinero público no se traduce en consuelo hospitalario o junto a ese corrupto nuestro de cada día…

    Y para esa regeneración ética, que no cutánea, sería un buen primer paso mirarse al espejo antes de juzgar sumariamente al otro, para intentar ver el estado, no del país, sino de nuestra propia vida… Que por eso, y por el perdón y la caridad, se empieza…

 

Juan Luís Hernández

Publicat al Diari Menorca dia 18 / 9 / 2016