Raons d’esperança de Juan L. Hernández

MATAR ES FÁCIL

Es el título de una novela de Agatha Christie. Se puede acabar con la vida de otra persona por acción (detectable) o por omisión (indetectable). Espido Freire lo planteaba en las páginas iniciales de su novela Melocotones helados en 1999: “Existen muchos modos de matar a una persona y escapar sin culpa (…) Con los ancianos y los niños, fingir una confusión con los medicamentos no ofrece problemas (o dejar de dárselos, añadirías tú)…”  Asesinar, por tanto, es, sí, fácil, sobre todo cuando el arma utilizada es un simple “no hacer nada”…

Pensaste en esas miserias cuando leíste recientemente un reportaje sobre los yates lujosísimos que surcaban, este año, el Mediterráneo. Llenar el depósito de uno de ellos suponía un coste muy superior a los quinientos mil euros… Otro contaba, incluso, con un sistema antimisiles… Y, no obstante, era el mismo mar en el que, tan sólo en lo que lleváis de año, han muerto 2.247 inmigrantes, según datos oficiales de la OIM… No sabes a cuántas de esas personas en busca de un paraíso que les fue negado en su tierra natal y substraído en esa otra tierra a la que no pudieron acceder, se hubiera podido salvar con el simple coste de un depósito lleno… Tampoco sabes si en esas plácidas navegaciones los dueños de esas ostentaciones marítimas se toparon con alguna patera o lo que hicieron en caso de que esa hipótesis se hubiera dado… Probablemente mirar hacia otro lado o meterse, con los ojos cerrados, en un jacuzzi (¿se escribirá así?) para emborracharse de ruidosas burbujas que asedaran las conciencias, en caso de que éstas hubieran existido o no hubieran perecido también en las desiguales y lacerantes aguas del “Mare Nostrum” (¿Nostrum?)

Quizás debería pensarse más en la muerte o repasar a los clásicos para percatarse de que todos acabamos por espicharla y de que en el ataúd no cabe nada… No se trata de que quien ostenta una gran riqueza la reparta íntegramente entre los desheredados de la tierra, pero sí de que, consciente de su finitud, de su falso poderío e insaciable avaricia, sea capaz de donar parte de aquello que tiene…

De ahí la dureza aparente de Cristo cuando manifiesta en Marcos 10:25: “Y los discípulos se asombraron de sus palabras. Pero Jesús respondiendo, les dijo: Hijos, ¡qué difícil es entrar en el reino de Dios! Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que el que un rico entre en el reino de Dios. Ellos se asombraron aún más, diciendo entre sí: ¿Y quién podrá salvarse?…” Tal vez hoy Cristo les diría que, con toda probabilidad, los que, en busca de una existencia digna, perdieron sus vidas en ese mar…Por no hablar de aquellos que en secano perecen diariamente ante la indiferencia de un Occidente que se considera civilizado…

No crees que Cristo negara a priori la entrada en el cielo a los ricos. Sabes, por experiencia propia, de su infinita misericordia. Crees, más bien, que, simplemente, los conocía en profundidad. Que sabía de su insaciable sed de dinero, gloria y poder. De su rabiosa incapacidad de arrepentimiento y conversión…

Volviendo a San Marcos (10:20-23): “Maestro, todo esto lo he guardado desde mi juventud,” confesó el hombre.  Jesús, mirándolo, le dijo: “Una cosa te falta: vende cuanto tienes y da a los pobres y tendrás tesoro en el cielo; entonces vienes y me sigues.”  Pero él, afligido por estas palabras, se fue triste, porque era dueño de muchos bienes”. Y, con toda seguridad, de un mega yate…

 

Juan Luís Hernández

Publicat al Diari Menorca dia 27/ 08 / 2017