Raons d’esperança de Carlos Salord

TRABAJO

¡Cuántas maravillas se ven viajando por el mundo! Edificios, catedrales, monumentos, obras públicas que constituyen las infraestructuras de países y ciudades. Unas, el último grito de la arquitectura o la ingeniería; otras antiguas, legado de las diferentes edades de la Historia.  Museos llenos de obras maestras del arte. Grandes bibliotecas cuyos libros encierran todo el saber humano.

En mi calle, hace unos años, convirtieron una antigua casa unifamiliar en un pequeño hotel de siete habitaciones dobles, con cuarto de baño y aire acondicionado. Un verdadero encanto. No hace mucho, en una casa similar, casi en frente de la mía, han empezado las obras para otro hotel de las mismas características. Trabajan una docena de operarios y a todas luces se nota que estará terminado y en funcionamiento para la próxima temporada. Sobre  las nueve y media de la mañana, cuando voy a comprar el diario, los doce operarios desayunan con avidez, sentados en el suelo, apoyados en las paredes de ambos lados de la estrecha calle. Forzosamente tengo que pasar por en medio y no puedo menos que saludarles. En mi interior pienso: doce operarios, doce familias que viven de su trabajo. Pero, me digo, no solo estas familias, es toda es una cadena humana. El dueño inversor, el constructor, el arquitecto y técnicos que planifican y dirigen, el que facilita los materiales, el transportista, los carpinteros, electricistas, fontaneros, decoradores, el mueblista, los camareros, las agencias de viajes… Terminada la temporada turística, todos se afanan para preparar la siguiente en un ambiente de laboriosidad.

Es todo el mundo del trabajo. Trabajo acumulado durante miles de años. Trabajo que da vida a toda una comunidad.

Se ha escrito y se han forjado multitud de teorías y doctrinas sobre el trabajo. No es extraño por tratarse de uno de los factores básicos de la economía productiva y representar su elemento más sensible: el humano. También se ha hecho mucha demagogia. A partir del siglo XIX, al introducirse la máquina e iniciarse el proceso industrial a merced del liberalismo económico, empezó a plantearse la llamada cuestión social. Liberalismo, capitalismo, socialismo, marxismo son ideologías que han surgido y se han combatido unas contra otras y que incluso se han sincretizado para reivindicar y poner en su justo lugar la figura del trabajo y del trabajador y salvaguardarlos de la ley de la oferta y la demanda. Evidentemente ni el trabajo ni el trabajador pueden ser considerados una mercancía. El hombre es una persona, sujeto de derechos y obligaciones, de acuerdo con la Declaración Universal de los Derechos del Hombre, que corresponde a la acción política de cada Estado garantizar -educación, sanidad, previsión social, orden público, etc.- para conseguir el  ideal, tan frágil, del “estado del bienestar”.

La Iglesia Católica se ha preocupado en alumbrar una doctrina social, muy rica de contenido, para guiar a sus fieles en una materia que tanto afecta a la dignidad de la persona y, a través de ella, a la comunidad. Hoy deseo resaltar uno de sus aspectos básicos, más allá de la estricta justicia. Según el Génesis, el hombre ha sido creado por Dios y puesto en el mundo para que lo trabaje. Lo ha hecho colaborador de su acción creadora y le ha dotado suficientemente para ello. El trabajo es, por tanto, algo natural para el hombre. No una maldición. El castigo está en que, después de la caída, el trabajo cansa y fatiga. Con el trabajo el hombre desarrolla sus facultades, atiende a las necesidades propias y familiares, colabora al bien común y al progreso de la humanidad.

El fiel cristiano, que se guía por el supremo mandamiento del amor, procura con el trabajo agradar a su Padre Dios. Trabajando con amor proporciona a todo lo que hace una nueva dimensión, la sobrenatural. En última instancia todo es para Dios, para su gloria. Procura hacerlo bien, lo mejor que pueda, con competencia profesional. Para demostrar que efectivamente ama, no va a entregar algo defectuoso o hecho de mala gana. Lo hace con la libertad y el primor del amor. Un trabajo hecho así queda santificado. Es el servicio divino de los hijos de Dios que obrando así se santifican, dan testimonio de su condición y se entregan para ayudar a los demás. Este poder santificador nos lo regaló Cristo quien, asumiendo el trabajo lo convirtió en realidad redimida y redentora. No cabe duda, enfocado así, qué hermoso resulta el trabajo y, para el trabajador, un verdadero motivo de alegría.

 

Carlos Salord Comella 

 Advocat