Raons d’esperança de Carlos Salord

EL TESORO DEL TIEMPO

Estamos a punto de comenzar un año nuevo. Contemplando el presente que termina nos viene  a la consideración que hemos sumado un año más a la historia de nuestra vida. Mayores o jóvenes cada uno tiene su historia, más corta o más larga según la edad. Para los jóvenes la vida transcurre despacio, pero, a medida que uno se va haciendo mayor, se da cuenta que el tiempo vuela. Los padres que vemos crecer a nuestros hijos o a los nietos decimos: “Parece mentira, ¡cómo pasa el tiempo!”.

El tiempo pasa para todos. Unos no saben qué hacer con el tiempo, les sobra y se dedican a “matar el tiempo”. A otros les falta tiempo, les resulta corto, no les basta, notan que se les escapa de las manos. Unos se aburren. Otros, en cambio, están siempre ocupados. Tienen muchos proyectos y sufren porque no saben si dispondrán del tiempo suficiente para llevarlos a cabo. ¡Todo un contraste! Me acuerdo de un profesional muy atareado que, contemplando en un escaparate un determinado bien de consumo de elevado precio, decía: “Bueno, al fin y al cabo sólo son unas horas de trabajo”. Es el tiempo medido como poder adquisitivo. Tiempo para enriquecerse: ¡el tiempo es oro! Para otros el tiempo sirve para pasarlo bien, para olvidar, para divertirse…

También muchos viven el tiempo con responsabilidad. Quieren aprovechar el tiempo. Se trata de un modo de vivirlo muy humano y también muy burgués. Ya desde niños se les enseña que deben aprovechar el tiempo, prepararse para el día de mañana, para tener una buena posición social y ser “hombres de provecho”. También en economía se llega de este modo al concepto de productividad. Siguiendo esta línea, aprovechar bien el tiempo conduce a la eficacia y al progreso en un mundo civilizado. No obstante, comprobamos que en lo material el hombre no acaba de encontrar la felicidad.

El mensaje cristiano nos brinda la manera de superar esta concepción materialista del tiempo dotándolo de un sentido trascendente. En efecto Dios ha puesto en la naturaleza humana una aspiración que sobrepasa lo exclusivamente material. Además más allá de la muerte hay otra vida, la auténtica, la feliz, la definitiva. Para acceder a la cual el hombre se encuentra, mientras vive la vida mortal, en un período de prueba que debe superar. Para ello debe vivir sujeto a una ley, la ley del amor, que se adapta perfectamente a su naturaleza. El hombre es feliz cuando ama y se siente amado. Es el doble mandamiento de amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo. Pero en esta vida, el hombre siempre se encuentra con sus limitaciones, con el dolor, la pobreza, la fatiga. Sí, es verdad, pero esta es la prueba que hay que superar con “la fuerza del amor” para alcanzar el premio definitivo.

Nos lo dice el Señor. A cada uno de nosotros nos da unos talentos, para negociar. Y al cabo de un tiempo -al final de la vida- nos pedirá cuentas. Será generoso para los que hayamos rendido frutos y severo para los que no.- El Señor busca jornaleros, durante todo el día, para trabajar en su viña y al atardecer paga a todos el mismo jornal convenido con los primeros, así es de espléndido con los últimos que -poco- pero han trabajado.- Al administrador a quien el señor  confió su hacienda y al regresar del viaje lo encuentra cumpliendo con su deber le dice: entra en el gozo de tu Señor. Y al administrador que sorprende borracho, vago y pendenciero lo arroja fuera. A la higuera en la que el Señor no encontró frutos, solo hojarasca. dice: “Nunca jamás coma nadie fruta de ti”. El Señor premia a los cumplidores y castiga a los que les ha faltado generosidad para realizar, por amor, lo poco que tenían encomendado.

La piedra de toque es el amor. El Señor quiere que pongamos amor en todo lo que hacemos. Así todos nuestros actos, cualesquiera que sean, los ordinarios de cada día, adquieren valor trascendente. Así es como los minutos, las horas, los días y los años se llenan de contenido, del bueno, del que agrada al Señor. El tiempo nos permite acumular el gran tesoro de nuestra vida, el que nos abre las puertas del Cielo. Rendir para Dios ¡Qué triste empeño el de los que se dedican a matar el tiempo! Pierden la gran oportunidad de su vida.

 

Carlos Salord Comella 

 Advocat