Raons d’esperança de Carlos Salord

AMOR Y FAMILIA

La familia es forja de personas. Hombres y mujeres. De ciudadanos y de fieles cristianos. Su papel es primordial para la sociedad y para la Iglesia. Los hijos, el fruto del amor conyugal, dimensionan la familia. Para los cónyuges cristianos el matrimonio es un sacramento que les confiere la ayuda de la gracia divina para perfeccionar su amor, compartiéndolo todos los días con sus hijos. El Papa Francisco en su exhortación “La alegría del amor”, nos dice cómo ha de ser este amor conyugal. Parte del himno de la caridad de San Pablo: “El amor es paciente, es servicial, no es envidioso, no alardea, no es arrogante, no obra con dureza, no es interesado, no se irrita, no lleva cuentas del mal, no se alegra de la injusticia, se goza con la verdad. Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta” (1 Co 13,4-7). Y lo explica así.

A veces imaginamos unas relaciones familiares “idealistas”, que las personas son perfectas, nos situamos en el centro y pretendemos que solo se cumpla nuestra voluntad. Entonces nos convertimos en antisociales y la familia puede parecerse a un campo de batalla. La paciencia nos advierte que el otro también tiene derecho a vivir junto a mí, así como es, aunque me estorbe, altere mis planes, me moleste con su modo de ser o sus ideas. El amor nos lleva a aceptar al otro cuando actúa de un modo diferente a lo que yo desearía.

El amor no solo es un sentimiento: es hacer el bien. Se traduce como actitud de servicio. Se ha de poner más en las obras que en las palabras. Es la grandeza de darse sin medir ni reclamar compensaciones. En el amor se alegra por el bien del otro, al contrario de la envidia que es tristeza por el bien ajeno. El amor acepta que cada uno tiene dones diferentes y caminos distintos en la vida. Nos lleva a valorar al otro, reconociendo su derecho a la felicidad.

El amor no es arrogante. No se obsesiona por mostrar las propias cualidades. Algunos se creen grandes porque saben más que los demás, cuando en realidad lo que nos hace grandes es el amor que comprende, cuida y protege al débil. Los supuestamente superiores se vuelven arrogantes e insoportables. Para comprender, servir y disculpar a los demás es necesaria una buena dosis de humildad. Quien quiera ser el primero entre vosotros que sea vuestro servidor.

El amor no obra con rudeza. No actúa de modo descortés. No es duro en el trato. Sus modos, sus palabras, sus gestos, son agradables y no ásperos ni rígidos. Detesta hacer sufrir a los demás. Es la amabilidad. Todo ser humano está obligado a ser afable con los que le rodean. El amor amable genera vínculos, construye una trama social firme.  Pensar que los demás existen para satisfacer nuestras necesidades y que cuando lo hacen sólo cumplen con su deber es antisocial.

“No os encerréis en vuestros intereses, sino buscad todos el interés de los demás” (Flp 2,4). Pertenece más a la caridad querer amar que querer ser amado. Las madres, que son las que más aman, buscan más amar que ser amadas. Por eso el amor puede ir más allá que la justicia y desbordarse gratis, sin esperar nada a cambio. El amor más grande es “dar la vida por los demás” (Jn 15,13). Es la generosidad. “Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis” (Mt 10,8).

 Una cosa es sentir la fuerza de la agresividad que brota en nuestro interior y otra consentirla. Hay una irritación, una violencia interna que nos coloca a la defensiva ante los demás. Si os indignáis, si discutís, nunca debe terminar el día sin hacer las paces en la familia. Basta un pequeño gesto, basta una caricia sin palabras. Digamos no a la violencia. Hay quien lleva una lista de agravios. El rencor va creciendo y arraiga. De este modo cualquier fallo puede dañar el vínculo amoroso y la estabilidad familiar. A veces se le da a todo la misma gravedad con el riesgo de volverse crueles ante cualquier error ajeno. La comunión familiar exige una pronta y generosa disposición de todos y cada uno a la comprensión y al perdón. De otro modo la familia se convertirá en un espacio en continua tirantez.

El amor se alegra con el bien del otro, reconoce su dignidad, valora sus capacidades y sus buenas obras. La familia debe ser siempre el lugar donde alguien, que logra algo bueno en la vida, sabe que allí lo van a celebrar con él. Los esposos que se aman hablan bien el uno del otro, intentan mostrar lo bueno del cónyuge. Los defectos son solo una parte, no la totalidad del ser del otro. Somos una combinación de luces y sombras. No debemos exigir al otro que su amor sea perfecto para valorarlo. Me ama como es y cómo puede, con sus límites. Que su amor sea imperfecto no significa que sea falso o que no sea real. El amor convive con la imperfección y la disculpa.

No sospechar que el otro esté mintiendo o engañando genera la confianza. El amor que confía deja en libertad al otro, renuncia a controlarlo. Esa libertad posibilita espacios de autonomía que enriquecen la relación. Cuando alguien sabe que confían en él y valoran su bondad, entonces sí se muestra tal como es. Quien sabe que siempre sospechan de él, que lo juzgan sin compasión, que no le aman de manera incondicional, preferirá guardar secretos. Una familia donde se confía, a pesar de todo, permite que brote la verdadera identidad de sus miembros y que se rechace la falsedad, el engaño o la mentira. Quien sabe que el otro puede cambiar, espera. Siempre es posible una maduración.  

El amor sobrelleva con espíritu positivo todas las contrariedades. Es capaz de superar con una resistencia dinámica y constante cualquier desafío. Lo soporta todo. No se deja dominar por el rencor, el desprecio hacia las personas, el deseo de lastimar. El ideal cristiano y de modo particular en la familia, es amar a pesar de todo.

          

Carlos Salord Comella 

 Advocat