Raons d’esperança de Carlos Salord

SINCERIDAD, FIDELIDAD

Escribo estas líneas el día de san Bartolomé. En el evangelio de la Misa el Señor dice de él: “He aquí un israelita en el que no hay dolo”. Bartolomé es un hombre auténtico, de una sola pieza, sin dolo ni doblez. Lo extraordinario es que el Señor lo afirma sin haberlo tratado antes personalmente. Es tal el impacto sorpresivo que le causan a Bartolomé estas palabras que le rinde su corazón.

Sin sinceridad y lealtad a la palabra dada sería imposible para el hombre vivir en sociedad. La sinceridad y la lealtad generan la confianza y sin confianza no puede haber trato. En la vida normal y corriente lo vemos y tocamos todos los días. He sido empleado de banca y desde mi puesto contemplaba el transcurrir de la vida económica de la ciudad. Los fabricantes de calzado se afanaban en hacer sus muestrarios. Con ellos mandaban a sus viajantes por toda la Península. Visitaban a los comerciantes del ramo y se apresuraban a mandar por correo los pedidos a los fabricantes. Estos al recibirlos extendían letras de cambio a 30, 60 o 90 días, que descontaban en el banco y con su importe compraban la materia prima, pieles y demás, pagaban los jornales, y servían los pedidos a los comerciantes, los cuales a su vez pagaban las letras a su vencimiento. Todo un ciclo completo basado en la mutua confianza en el que si falla un elemento de los que intervienen se produce un descalabro. En bisutería ocurría también algo por el estilo. Y el banco, que descontaba las letras esperando lucrarse con los intereses y comisiones, miraba muy bien si le inspiraban confianza tanto la persona del librador como la del librado.

Los comerciantes, al iniciar la temporada, venían al banco para financiar las compras de género mediante una póliza de crédito a 6 meses o a un año, que irían amortizando a medida que se fueran produciendo las ventas. Veía como los ganaderos vendían semanalmente el queso a la industria transformadora y lo cobraban por mensualidades a través nuestro. Vendían los terneros a los tratantes de ganado o a los carniceros y los cobraban dentro de un determinado plazo más o menos prudencial. Con estas ventas pagaban los piensos que habían adquirido de la cooperativa o de los almacenistas. También se acogían a la confianza del banco los solicitantes de créditos de todo tipo desde los hipotecarios para la compra de vivienda, hasta los personales para financiar la compra del coche, de unas obras, de maquinaria, etc.

Todo ello se basa en la confianza. Sin confianza no se podrían realizar estas operaciones no solo las bancarias sino también cualquier otra en virtud de la cual nacieran una serie de obligaciones a cumplir entre las partes intervinientes, es decir, todo el llamado tráfico jurídico  de compraventas de inmuebles y contratación en general. Sin olvidar todo el complejo mundo de las relaciones familiares, culturales y políticas.

Al querer el Señor que seamos sinceros y leales no hace más que velar para que en las relaciones sociales se dé algo tan imprescindible para la convivencia como es la confianza. Con la mentira, la estafa, el fraude, el timo, la falsedad, el disimulo, la hipocresía no llegaríamos muy lejos. Lo que el Señor desea es que pueda decir de cada uno de nosotros como de Bartolomé: “Este es un verdadero cristiano -¡hijo mío!- en quien no hay doblez ni engaño”.

 Advocat

publicat al Diari Menorca 02-09-2018