Raons d’esperança de Carlos Salord

LA ALEGRÍA DE LUCHAR

Parece contradictorio, pero en realidad, no lo es. El Papa Francisco, en su última exhortación, nos dice que hemos de estar alegres y exultantes. Pero también nos habla de la lógica de la cruz. Nos lo enseña el Maestro: “El que quiere ser mi discípulo que se niegue a sí mismo, lleve la cruz de cada día y me siga”. Es una lucha ardua, pero alegre, porque nos libera del egoísmo y nos abre a los demás. No podemos vivir encerrados en nosotros mismos. Somos un pueblo y hemos de contar con los demás para procurar el bien de todos. Nos necesitamos mutuamente.

El combate contra el egoísmo presenta múltiples facetas. Todas ellas hermosas. Intentar vivirlas adecuadamente es a lo que todos estamos llamados. La santidad del cristiano, la bienaventuranza, consiste en esta lucha sincera.

El cristiano ha de llevar una vida austera, desprendido de los bienes. No son un fin en sí. Usarlos para atender a sus necesidades.  Darles y sacarles el rendimiento socialmente debido. Somos administradores que debemos rendir cuentas.

Acaso no es hermoso ser educados y amables en el trato con los demás, respetarlos, soportar sus defectos. Tal vez nosotros los tenemos peores. No responder con ira a las ofensas. “Aprended de mi que soy manso y humilde de corazón”, nos dice el Maestro. Saber compartir el dolor con los que sufren, con los enfermos, acompañarlos en la soledad. Obrar según la regla de oro: “Haced con los demás lo que quieres que los demás hagan contigo”. Y no tiene desperdicio lo que el Maestro añade: “Sed misericordiosos como vuestro Padre celestial es misericordioso, no juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y no seréis condenados, perdonad y series perdonados, dad y se os dará”. “En la medida en que midiereis a los demás seréis medidos”. “¿No debías tener compasión con tu compañero como yo la tuve de ti?”.

En una sociedad sumergida en una trama política, económica, mediática, cultural, religiosa que impide un verdadero desarrollo humano y social, ¿no es hermoso luchar por la justicia, aunque sea difícil, laborioso, arduo y doloroso? Igualmente lo es ser artesanos de la paz en la familia, entre amigos, en la sociedad, entre las naciones. Integrar, buscar soluciones que unan. Saber transigir. Tener un corazón grande, magnánimo. ¡Qué satisfactorio es! Aunque por ello te persigan, te discriminen o ridiculicen porque resultas mal visto, incómodo o inoportuno. Lo importante es mantener el corazón limpio, sin malos deseos, ni intenciones torcidas. Del fondo del corazón sale todo lo bueno y lo malo de nuestras decisiones. Dios ve lo que hay dentro de cada hombre. Cuidar el corazón, manteniéndolo limpio y puro de todo aquello que pueda representar un desamor a Dios y a los hombres. Al fin y al cabo Cristo nos juzgará aplicando aquella ley suprema: “Todo lo que hicisteis o dejaste de hacer con uno de estos pequeños conmigo lo hicisteis”. Cristo se identifica con los débiles y necesitados a quienes tuvimos ocasión de ayudar. ¡Qué triste y horrible sería para la convivencia (y el juicio final) una conducta contraria a los deseos divinos! Odio, envidia, explotación, violencia… ¡tristeza!

Es muy claro el ideal para el que hemos sido llamados. Vale la pena luchar. ¡Con alegría, ningún día sin cruz! Un programa lleno de amor y resolución. ¿Imposible? Para Dios nada lo es. Ahora bien, necesitamos su gracia. Pidámosla a María: es la madre que intercede.

 Advocat

publicat al Diari Menorca 20-05-2018