Raons d’esperança de Carlos Salord

EN LA ASUNCIÓN DE LA VIRGEN

Libertad y responsabilidad

“He aquí la esclava del Señor. Hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38), responde la Virgen María. Antes había pedido al ángel una aclaración. Ahora, libre y resuelta, contesta sí a su propuesta. Decisión trascendente, de consecuencias extraordinarias. Pero, ¿sabía lo que hacía? ¿Era libre, era responsable?

María, la hija de Joaquín y Ana, por un especial favor de Dios, había sido concebida sin pecado  original, adelantando para ella los frutos de la Redención. Estaba, como afirmó el ángel, “llena de gracia” (Lc 1,28). Algo insólito, maravilloso. Con esta plenitud de los favores divinos, María, desde niña, se iba formando con pleno entendimiento de la “palabra de Dios” contenida en los libros sagrados. Convencida, como estaba de la próxima llegada del Mesías, se iba preparando para dedicarse a su servicio. Tan bien dispuesta estaba, tan madura, tenía su corazón ya tan entregado que, la aspirante a esclava, fue escogida para ser madre. Madre del que todos esperaban como salvador del pueblo de Israel, el Mesías.

María es consciente de la grandeza de su vocación y su trascendencia. Totalmente identificada y dispuesta. En su pequeñez –se considera una sirvienta- tiene plena confianza en el que la llama. En su interior repite: “¡hágase!” “¡hágase!” y la obra redentora sigue su curso con naturalidad, en medio de una gran paz. Nada extraordinario la delata en el exterior. No necesita que le expliquen pormenores. Le basta su corazón enamorado.  

“¡Ha hecho en mí cosas grandes el Todopoderoso!” (Lc 1, 49) exclama ante su prima Isabel al ver que lo sabe todo. “Mi alma glorifica al Señor”, “porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava”. “Me llamarán bienaventurada todas las generaciones”. Es una explosión de alegría que une los corazones de las dos mujeres. María lleva en su seno al Señor. Isabel a Juan, el que será su heraldo. María, una mujer joven,  ayuda a su prima, de edad avanzada, en los últimos meses del embarazo y alumbramiento. Luego regresa a su casa. Pero nos deja ya constancia prematura de cómo será el Mesías. No un rey guerrero y conquistador, como esperan muchos. Sino el que “dispersa a los soberbios”, “ensalza a los humildes”, “colma de bienes a los hambrientos” y “derrama su misericordia de generación en generación” (Lc 1, 46-55).

María cumple perfectamente su papel en todas las circunstancias y momentos de su vida. Los diferentes episodios de los Evangelios son una demostración elocuente. Lo confirma su propio Hijo: “Mi madre y mis hermanos son aquellos que oyen la palabra de Dios y la cumplen” (Lc 8 21). Nadie cumplió como ella, a pesar de la espada clavada en su corazón. Desde la Encarnación hasta la muerte de su Hijo en la Cruz y la recepción del Espíritu Santo junto con los apóstoles. Había dado el Sí libremente y, con el conocimiento que le proporciona su fe recia y la ayuda de la gracia, desempeña con plena responsabilidad personal su vocación. Libre, consciente, responsable. La Asunción en cuerpo y alma a los cielos, la fiesta que celebraremos dentro de unos días, es el colofón que a su vida le proporciona su Hijo, después de dejárnosla a nosotros también como Madre. No podía ser de otra manera.

La vocación cristiana del hombre guarda cierta similitud. Con una diferencia, ha sido concebido en pecado y ha mediado la Redención, nada menos que con la sangre de Cristo. Recibido el don de la fe (la vocación), el hombre debidamente catequizado, se arrepiente y mediante el bautismo, es perdonado y constituido hijo de Dios… No importa la raza, ni la lengua, ni la condición social. La vocación divina, la fe, el conocimiento, la gracia del sacramento y el concurso de su voluntad. El cristiano que se siente responsable de su condición, de su filiación divina, vive -ha de esforzarse para vivir- la vida propia de un hijo de Dios. Una vida agradable a su Padre. Para que éste lo reconozca: “Es mi hijo, mi amado, en quien me complazco” (Mt 17,5). Lo mismo que dijo de Cristo en su Transfiguración, cuya fiesta celebramos en la liturgia de este domingo.

El amor de nuestro Padre Dios es inmenso. ¡Qué hermosa tiene que ser la criatura humana para que Dios se enamore de ella! Algo inexplicable que excede nuestra capacidad. No es extraño que para el cristiano, tantas veces rebelde e infiel, el amor y la misericordia del Señor constituyan su tesoro y su alegría.

   

Carlos Salord Comella 

 Advocat