Raons d’esperança de Carlos Salord

CIENCIA Y VALORES

El pasado 22 de abril se celebró el día de la Ciencia o mejor dicho la Marcha por la Ciencia que viene a ser un movimiento global para reivindicar el papel de la ciencia como fuente de conocimiento y bienestar social. Se trata de una movilización sin precedentes para defender los datos basados en la evidencia, demostrados por la razón y comprobados  experimentalmente. Se considera que la ciencia representa un papel esencial en la vida diaria de la persona y en el gobierno de los pueblos.  

Detrás de una gran civilización se ecuentra un considerable nivel científico. Si esta civilización quiere perdurar debe asegurar el progreso continuo de la ciencia mediante la investigación y la docencia. La asimilación de la cultura por el pueblo lo lleva hacia el progreso y el bienestar. De ahí la importancia de tener fe en la ciencia, amarla, favorecerla, cultivarla.

Pero la ciencia no lo es todo. Como dice Juan Arana, de la universidad de Sevilla, “en el siglo XIX, una parte significativa de la humanidad, había puesto sus esperanzas en la ciencia porque veían en ella una promesa de redención para los males del mundo y las limitaciones humanas. De sobra sabemos que el siglo XX ha puesto un final abrupto y macabro a tales esperanzas… La ciencia ha servido para incrementar exponencialmente nuestra capacidad de destrucción…” Las continuas guerras, dos de ellas mundiales, la bomba atómica, sembraron la desolación y la muerte de millones de personas. Fue una gran decepción.

Hay algo todavía más esencial que la ciencia: los valores. La ciencia no es un fin en sí, es un medio. Tal vez diría que se trata de saber  para vivir mejor. Lo importante es la vida, individual y colectiva, la convivencia pacífica para la humanidad global, de acuerdo con valores esencialmente humanos sin los cuales la ciencia carece de verdadero sentido y acaba -ya se ha visto- como instrumento de lucha violenta.  

Los valores se derivan de la dignidad de la persona humana y la salvaguardan. La Declaración Universal de los Derechos del Hombre se inspira en ellos, empezando por el derecho a la vida, la libertad de expresión, de reunión y de creencias, la igualdad, la familia, la vivienda, la educación, la sanidad, la seguridad social. etc. etc. que constituyen la base indispensable de toda convivencia humana digna.

Pero por encima de estos derechos fundamentales se hallan los principios que los inspiran. Con la vigencia de esos derechos se procura la justicia, pero por encima de ella se encuentra el amor. El principio capital, origen de los demás. El amor presupone la justicia y la supera: va mucho más allá. La justicia facilita la convivencia. El amor la perfecciona abriéndola a la solidaridad, a la fraternidad. El odio se contrapone al amor. El odio es el principio destructor de toda convivencia por muchas leyes que concedan derechos y por mucha ciencia que instruya las personas. El odio utiliza la ciencia para la lucha fratricida.

De ahí que sea fundamental el buen entendimiento entre ciencia y valores. A veces la ciencia ha sido utilizada como la tumba donde algunos han enterrado determinados valores. “El viejo dogma -continua diciendo el citado profesor- de que la ciencia ha vaciado el cielo de Dios sigue muy arraigado entre la gente, aunque casi todos acepten que no ha conseguido entronizar nada en su lugar”. Para un cristiano un Dios creador, causa primera de todas las cosas es la base firme de la ciencia y de la convivencia fraterna, derivada ésta de la común filiación divina.

Cuidado con la corrupción. Tergiversar, falsear, hacer demagogia, ideologizar los valores y su principios de acuerdo con intereses egoístas o de parte, instrumentalizar los sentimientos colectivos hasta el paroxismo o coaccionarlos con el terror constituye una trampa mortal en la que, por desgracia, suele caer con frecuencia el corazón humano.

Es una cuestión de responsabilidad: luchar por el progreso de la mano de los valores y de la ciencia constituye una hermosa e indeclinable tarea que incumbe a todos.

“Se comprende muy bien -decía un sacerdote santo- la impaciencia, la angustia, los deseos inquietos de quienes, con un alma naturalmente cristiana, no se resignan ante la injusticia personal y social… Tantos siglos de convivencia entre los hombres y, todavía, tanto odio, tanta destrucción, tanto fanatismo en ojos que no quieren ver y en corazones que no quieren amar”.

          

Carlos Salord Comella 

 Advocat