Sal por las plazas y caminos – Carta Pastoral

Queridos diocesanos:

Después de un año dedicado al discernimiento, nuestra Iglesia diocesana ha asumido un nuevo plan de pastoral, en el que se fijan los objetivos evangelizadores para los próximos cuatro cursos. Es preciso, ante todo, agradecer el trabajo y las aportaciones de tantos grupos y personas, que os habéis sentido parte activa en la vida de esta Iglesia. Ha sido un año en el que hemos dialogado y, con la ayuda del Espíritu Santo, ha crecido la comunión entre nosotros.

Con el fin de poner en marcha y dar impulso a nuestro plan diocesano os ofrezco este escrito, en el que se exponen las líneas principales del mismo. Acoged estas palabras y, si así lo consideráis conveniente, podéis reflexionar sobre ellas tanto personalmente como en grupo. Para ayudaros en la reflexión, se ofrecen al final de cada apartado unas sencillas preguntas, que desean suscitar el diálogo.

Pero antes de entrar en la exposición debo pediros que pongamos en las manos de Dios todos nuestros proyectos, conscientes de que “si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles” (Sal 126,1). Con humildad, hemos de pedir al Señor que nos de fuerza y valentía para llevar a cabo los objetivos que nos proponemos.

Esta carta pastoral se divide en dos partes. La primera será una reflexión a partir del texto evangélico de la parábola del gran banquete, que hemos elegido como hilo conductor de nuestro programa evangelizador. La segunda parte será una sencilla reflexión sobre el lema y el objetivo del plan pastoral de nuestra Diócesis.

 

Primera parte: VENID A LA FIESTA

La parábola del gran banquete o de la cena del rey ilumina y unifica los objetivos y acciones de nuestro plan de pastoral. Por ello os invito a leerla despacio y a meditar sobre ella, porque nos puede dar mucha luz para nuestra vida y para el trabajo que nos proponemos realizar. Os aconsejo también leerla comunitariamente, porque la reflexión y oración en común nos hacen un gran bien y nos ayudan a crecer.

En el nuevo testamento encontramos dos versiones de esta parábola. La que nos ofrece san Lucas (14, 15-24) es más simple y pone el acento en la apertura de la salvación a todos. La versión de San Mateo (22, 2-10) es más alegórica y está combinada con otra parábola referida al traje de boda (Mt 22,11-14). Hay también un escrito apócrifo muy antiguo, el Evangelio de Tomás, que contiene una versión de la misma parábola. Nosotros nos fijaremos sobre todo en el texto de san Lucas, aunque tendremos también en cuenta las otras versiones.

La parábola, como todas las que contaba Jesús, resulta muy rica y sugerente. Muestra la actitud de Jesús respecto a quién debe dirigirse el anuncio del Reino y desea provocar a su Iglesia para que salga a anunciar a todos la salvación. Como Iglesia de Menorca leemos desde nuestra propia historia esta parábola y descubrimos en ella una llamada a salir y ponernos en camino para hacer llegar a todos el mensaje de que Dios quiere la felicidad del ser humano.

Aquí tenéis el texto de la parábola:

Uno de los comensales dijo a Jesús: “¡Bienaventurado el que coma en el reino de Dios!”. Jesús le contestó: Un hombre daba un gran banquete y convidó a mucha gente: a la hora del banquete mandó a su criado a avisar a los convidados: “Venid, que ya está preparado”. Pero todos a una empezaron a excusarse. El primero le dijo: “He comprado un campo y necesito ir a verlo. Dispénsame, por favor”. Otro dijo: “He comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlas Dispénsame, por favor”. Otro dijo: “Me acabo de casar y, por ello, no puedo ir”. El criado volvió a contárselo a su señor. Entonces el dueño de la casa, indignado, dijo a su criado: “Sal aprisa a las plazas y calles de la ciudad y tráete aquí a los pobres, a los lisiados, a los ciegos y a los cojos”. El criado dijo: “Señor, se ha hecho lo que mandaste, y todavía queda sitio”. Entonces, el señor dijo al criado: “Sal por los caminos y senderos, en insísteles hasta que entren y se llene mi casa. Y os digo que ninguno de aquellos convidados probará mi banquete”.

Lucas 14, 15-24

Volvió a hablarles Jesús en parábolas, diciendo: El Reino de los Cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo; mandó a sus criados para que llamaran a los convidados, pero no quisieron ir. Volvió a mandar otros criados encargándoles que dijeran a los convidados: “Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas y todo está a punto. Venid a la boda”. Pero ellos no hicieron caso, uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios, los demás agarraron a los criados y los maltrataron y los mataron.

El rey montó en cólera, envió sus tropas que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad. Luego dijo a sus criados: “La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos y a todos lo que encontréis, llamadlos a la boda”. Los criados salieron a los caminos y reunieron todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales. Cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo: “Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin el vestido de boda?”. El otro no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los servidores: “atadlos de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes. Porque muchos son los llamados, pero pocos los elegidos

Mt 22, 1-14

1.- La mesa de la casa de Dios

La parábola habla, en primer lugar, de Dios, de su deseo de que todo hombre se salve, de su sueño para esa humanidad que ha salido de sus manos. Dios ha preparado un banquete espléndido y desea que todo hombre y mujer que habita este mundo se siente a su mesa. Todo está dispuesto: las velas están encendidas, las flores decoran la sala, las mesas están repletas de riquísimos manjares. Sólo faltan los comensales.

Era frecuente en el judaísmo presentar la salvación como un banquete. En el libro de Isaías se describe gráficamente la salvación como un convite de manjares suculentos y con buenos vinos al que Dios convida a todos los pueblos (Is 25, 6-8). San Lucas habla de un hombre que “daba un gran banquete”. El evangelio de San Mateo añade un detalle: se trata de un banquete nupcial, ofrecido por un rey ante la boda de su hijo. Con ello, este evangelista alude al amor de Dios por la humanidad, manifestado en su Hijo único. Dios quiere al hombre como el Esposo a la esposa y desea celebrar con él ese amor. Por eso ha preparado la mesa y le convida a sentarse con Él. Para san Mateo el banquete celebra los desposorios de Dios con la humanidad, un amor que se ha consumado en el Mesías Jesús. Recordemos que el Apocalipsis usa también esta imagen cuando habla de las bodas del Cordero (19, 7; 21, 9ss.).

Con frecuencia presentamos el cristianismo de un modo negativo, como cumplimiento de unas normas o seguimiento de unos ritos. La parábola nos recuerda que el cristianismo es, sobre todo, una fiesta a la que somos invitados por Dios para celebrar su amor. Toda la parábola tiene un tono de alegría: “¡tengo preparado un banquete!” Todo está dispuesto. Seguir a Jesucristo es camino de bienaventuranza; dirigirnos al banquete es motivo de alegría. Esta alegría del Evangelio debe penetrar nuestra vida. Vivimos en un “tiempo favorable”, en un “día de salvación” (2 Cor 2, 6).

Hemos de ser muy conscientes de que no somos invitados a entrar en el banquete por nuestras cualidades o por algo bueno que hagamos hecho, sino que todo se debe a la bondad del que invita. Todo es obra de Dios, que es el anfitrión del banquete. El Papa Francisco con frecuencia nos recuerda que no somos justificados por nuestras obras ni por nuestros esfuerzos, sino por la gracia de Dios. El que toma la iniciativa, el que se acerca a nosotros, es Dios, lo que debemos vivir con gozosa gratitud (cf. GE 52-56).

El deseo de Dios es “que se llene mi casa”. Dios se parece a esas madres de familia que están felices cuando reúnen a todos los hijos en torno a la mesa. Dios hace fiesta cuando el hombre, en su libertad, acepta su invitación y se sienta a su mesa.

  • ¿Qué imagen de Dios tenemos, qué imagen transmitimos?
  • ¿Vivimos el cristianismo de un modo gozoso y festivo?
  • Dios no cierra las puertas a nadie, ¿las cerramos nosotros? ¿Nos erigimos en controladores, que deciden quién debe entrar y quién no?

2.- Los criados

Para invitar a su banquete el hombre de la parábola se sirve de unos criados. San Mateo los llama “siervos” (doulos) y “ministros” (diakonos). Dios cuenta con el ser humano para dar a conocer quién es y qué desea de nosotros.

El primer “siervo”, que reveló el auténtico rostro de Dios, fue Jesús. El es el Siervo de Dios, que tiene como única misión dar a conocer el Nombre de Dios (cf. Jn 17, 26); es el Hijo que conoce perfectamente el rostro del Padre y lo revela a quien quiere (cf. Mt 11, 27; Jn 10, 15). Él ha salido del Padre y, para transmitir su amor, se sentó a comer con los pecadores, haciéndoles partícipes del perdón de Dios. Con estos gestos quería anticipar el banquete final, al que todos los hombres son invitados.

Nosotros, como comunidad de discípulos de Jesús, nos sentimos llamados también por el Padre a dar a conocer su Nombre y proclamar su bondad. Somos siervos del Señor, ministros suyos y nuestra tarea consiste en revelar su rostro. San Pablo encabezaba las cartas diciendo: “Pablo, siervo de Cristo Jesús, apóstol por vocación” (Rom 1,1). Somos criados de Jesucristo, pobres instrumentos en sus manos, voceros y pregoneros de una palabra que no es nuestra sino de Dios. Sin olvidarnos de que, como el mismo Pablo dice, el siervo de Cristo es también servidor de los hombres: “siervos vuestros por Jesús” (2 Cor 4, 6).

El Señor cuenta con nuestras personas para hacer llegar a todos los hombres la noticia de su amor. Hemos sido escogidos y enviados por Él. Cada uno de nosotros tiene que ser, con toda su vida, noticia de Dios, buena noticia de su amor misericordioso. A través nuestro, Dios quiere recorrer nuestras plazas y calles para invitar a todo hombre al banquete.

Pero sólo seremos buenos criados, sólo podremos transmitir esta invitación si Dios ocupa el centro de nuestra vida, si Él llega a ser algo decisivo para nosotros. Entonces Dios podrá entrar en el mundo a través nuestro. Recuerda el Papa Francisco que la fuente del todo compromiso evangelizador está en la experiencia de Dios: “si uno de verdad ha hecho una experiencia del amor de Dios que lo salva, no necesita mucho tiempo de preparación para salir a anunciarlo, no puede esperar que le den muchos cursos o largas instrucciones. Todo cristiano es misionero en la medida en que se ha encontrado con el amor de Dios en Cristo Jesús” (EG 120).

  • ¿Nos sentimos llamados personalmente por Dios para colaborar con Él?
  • Pensar “cuál es esa palabra, ese mensaje de Jesús que Dios quiere decir al mundo con tu vida” (GE 24).
  • ¿Qué lugar ocupa Dios en nuestra vida? ¿está en el centro?

3.- ¡Salid!

La misión que tienen los criados es clara: llevar la invitación de su Señor. Y la orden es tajante: ¡salid!

El Señor invita a su Iglesia a salir. Por medio del ministerio del Papa Francisco estamos recibiendo la invitación a ser una Iglesia en salida, junto a la advertencia de que una Iglesia que se mira sólo a sí misma, se pudre, se corrompe. La Iglesia debe mirar al mundo y al hombre para transmitirle el deseo de Dios. Nuestra Iglesia debe colocarse “en constante actitud de salida” (EG 27), en audaz actitud de evangelizar.

También nuestra Iglesia de Menorca se siente interpelada por esta palabra del Señor: ¡salid! ¡id y anunciad! ¡sed mis testigos! Miramos a nuestra isla y sentimos la necesidad –e incluso la urgencia- de proclamar a todos el gozo de la salvación. Con dolor comprobamos que muchas personas han ido abandonando la fe, que muchos jóvenes y adolescentes crecen sin esta luz, que el cristianismo es considerado por algunos como una reliquia del pasado, como algo que no tiene futuro. Pero nuestra experiencia es que la fe es luz y propuesta llena de vida para las gentes de Menorca. Y sentimos la llamada a salir con audacia (parresía), sin miedo a ser transmisores de la Buena Nueva del Reino de Dios.

Esta llamada a salir nos implica a todos. No valen excusas para la misión. En particular, no vale dejarla en manos de los clérigos. Jesucristo es el tesoro escondido que lleva cada uno de nosotros. Su persona y su palabra es respuesta a las búsquedas más profundas del corazón humano. Él es luz y camino que nos ayuda a vivir más plenamente como seres humanos. Ciertamente llevamos este tesoro en vasijas de barro (cf. 2 Cor 4, 7). La edad, la falta de formación, los problemas familiares o el exceso de trabajo pueden hacer que algunos se sientan excusados de la tarea. Pero no se puede ser cristiano si no arde en el corazón el deseo de dar a conocer a los demás la gozosa experiencia que proporciona la fe. Todos estamos implicados: sacerdotes, religiosos y, muy especialmente, los laicos. Cada cristiano es “discípulo misionero”. A los laicos les corresponde especialmente “buscar el reino de Dios tratando de ordenar las realidades temporales según Dios” (LG 31). Es tarea propia del laico proclamar la invitación al banquete en medio del mundo, en el campo de la realidad social, en el mundo de la economía, de la vida pública, de las instituciones intermedias que vertebran la sociedad, en el ámbito de la cultura, las ciencias, el arte, la vida internacional y la paz, los medios de comunicación social, y otras realidades abiertas a la evangelización, como el amor, la familia, la educación de niños y adolescentes, el trabajo profesional, el sufrimiento.

El Papa Francisco nos ha recordado que “en virtud del Bautismo recibido, cada miembro del Pueblo de Dios se ha convertido en discípulo misionero (cf. Mt 28,19). Cada uno de los bautizados, cualquiera que sea su función en la Iglesia y el grado de ilustración de su fe, es un agente evangelizador, y sería inadecuado pensar en un esquema de evangelización llevado adelante por actores calificados donde el resto del pueblo fiel sea sólo receptivo de sus acciones. La nueva evangelización debe implicar un nuevo protagonismo de cada uno de los bautizados” (EG 120). Todos debemos sentirnos implicados en la misión.

  • ¿Estamos como Iglesia (Diócesis, parroquia, grupo) en actitud de salida?
  • ¿Nos sentimos implicados en la misión?
  • Cómo podemos crecer como “discípulos misioneros”

4.- Las llamadas al Banquete

La parábola de Jesús que venimos comentando presenta tres llamadas o invitaciones que hace Dios por medio de los criados. En ellas se refleja la situación que vivió Jesús, especialmente hacia el final de su vida pública. Y aparece también la experiencia de la primera Iglesia.

El primer convidado al banquete es el pueblo de Israel y, de manera especial, los líderes del pueblo, los sacerdotes y maestros de la ley. Pero, como la parábola explica, ellos rechazan al enviado de Dios. San Lucas especifica las excusas que van poniendo los convidados, las cuales son todas vanas, porque todas las situaciones se podían haber previsto y porque una ausencia de unas horas para ir al banquete, no hubiera afectado a los negocios o a los asuntos domésticos. Los grupos oficiales autorizados no quieren aceptar la invitación de Dios.

La segunda llamada se dirige al Israel despreciado por las autoridades, a los pobres e impuros del pueblo. Hay que salir a las calles y plazas de la ciudad para buscar a pobres, lisiados, cojos y ciegos. El mensaje es el mismo: “venid”. Los que se consideraban “buenos”, los dirigentes del pueblo, se han negado a sentarse a la mesa. Ahora ocuparán su sitio los Zaqueo, los Mateo o María Magdalena. Jesús le había dicho a aquel fariseo que le había convidado a cenar que invitara a los pobres y lisiados porque esos no podían pagarle con ningún favor (cf. Lc 14, 12-14). A esos quiere Dios sentar a su mesa, porque ellos han acogido el mensaje del Reino; Dios quiere festejar con ellos las bodas. Todos ellos se sientan en el banquete, pero, dice san Lucas, “todavía queda sitio”.

San Mateo introduce aquí una variante porque, según su versión de la parábola, también estos llamados rechazan la invitación. Y añade que los invitados “agarraron a los criados y los maltrataron y los mataron”. Es una alusión a la historia de Israel, semejante a la que encontramos en la parábola de los viñadores homicidas (cf. Mt 21, 33-46). El pueblo de Israel ha ido rechazando uno tras otro a los profetas enviados por Dios y se volverá también contra Jesús. El rey manda matar a aquellos homicidas y destruir la ciudad. La mayoría de intérpretes piensan que se está aludiendo a la destrucción de Jerusalén por Tito, lo que ocurrió en el año 70. El saqueo y destrucción del Templo fue visto como un castigo de Dios por las infidelidades el pueblo. Estos versículos de San Mateo serían un añadido que pretendía explicar lo sucedido y advertir frente al rechazo de la fe.

La tercera llamada se dirige a todos, especialmente a los paganos. No basta con salir a las plazas y calles de la ciudad. Hay que salir también fuera de la ciudad e ir a los caminos del campo y a los senderos para llegar a los lugares más remotos. San Mateo habla de las bifurcaciones de los caminos: hay que situarse en las encrucijadas de los hombres para invitar a todos, “malos y buenos”. Hay que invitar sin hacer distinciones. Los criados no tienen el derecho de juzgar ni de elegir a quien conviene invitar y a quien no, porque la orden es clara: “a todos lo que encontréis”.

Conviene anotar que esta actitud de Jesús resultaba escandalosa para sus contemporáneos. La afirmación de que Dios quiere acoger a los pecadores y paganos sonaba a sus oídos como una herejía. La parábola expresa de un modo gráfico aquellas palabras de Jesús: “Vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur, y se sentarán a la mesa del Reino de Dios” (Lc 13, 27). Los dirigentes del pueblo ven en esta actitud una provocación a sus ideas y un cuestionamiento de su estatus social y religioso. Pero ellos han rechazado al Mesías de Dios y ahora Dios prefiere a los publicanos y las prostitutas. Por eso, dice San Mateo que, cuando escucharon la parábola, los fariseos se retiraron y buscaban cómo comprometer a Jesús (cf. Mt 22, 15).

Es bueno también darnos cuenta de que nosotros somos de los que hemos recibido la invitación a última hora, porque no somos parte de Israel según la carne. Nosotros recibimos la invitación a entrar en el banquete cuando andábamos por los caminos y senderos.

  • Podemos fijarnos en la actitud de Dios, que no se cansa de invitar. ¿Hacemos nosotros lo mismo?
  • ¿Tenemos abiertas las puertas a todos, para que gocen del amor de Dios?
  • ¿Nos sentimos agradecidos por haber sido llamados a vivir la fe?

 

5.- Las tres salidas de la Iglesia

Las tres salidas de Jesús iluminan nuestra misión como Iglesia. Como siervos de Dios, tenemos la misión de anunciar el Reino, en primer lugar a los de dentro, a los que están en nuestras parroquias y comunidades. También entre nosotros hay personas que parece que quieren protegerse de Dios, que temen su cercanía excesiva y tienen miedo de que comprometa su vida, que les pida un cambio, e inventan excusas y pretextos para posponer a Dios. Andan ocupados en asuntos “importantes” y no tienen tiempo para Él. En cierta manera, se parecen al hermano mayor de la parábola, que siempre ha estado en casa de su Padre, pero no ha sabido apreciar lo que eso significa (Lc 15, 31-32). A todos ellos hay que invitar, sobre todo, a gozar del amor y la salvación de Dios.

La segunda salida es hacia aquellos que han abandonado la Iglesia por cualquier causa. Algunos se fueron alejando de la fe. A otros les hemos cerrado las puertas nosotros mismos. En los últimos años, nuestras comunidades han visto con dolor cómo muchos cristianos iban abandonando la práctica de la fe y la vida cristiana. Hay que salir a las plazas y calles de la ciudad, de la parroquia, de nuestro barrio, para invitarles a regresar, mostrando una Iglesia renovada, gozosa en la vivencia de la fe.

De un modo particular, hay que dirigirse a los pobres, acercarse a la humanidad coja, lisiada y ciega. “Quiero una Iglesia pobre para los pobres”, repite el Papa Francisco. El anuncio del Evangelio conduce siempre a escuchar la voz de los últimos, de los que la sociedad descarta, y a buscar su promoción humana y espiritual. Ahora bien, sólo una Iglesia pobre, austera, sencilla, puede acercarse con autenticidad a los más pobres.

Pero el siervo del Señor no puede quedar ahí, porque la mesa que Dios ha preparado es grande y en ella hay sitio para muchos. Hay que acercarse a los de fuera, a los que no creen, a los que miran con escepticismo la fe, a los que marcharon escandalizados por nuestros comportamientos, a los indiferentes, a todos. Esto exige arriesgarse y salir a las periferias que necesitan la luz del Evangelio (cf. EG 20). Cada Diócesis –ha dicho el Papa- tiene que expresar la alegría de haber encontrado a Cristo con “una salida constante hacia las periferias de su propio territorio o hacia los nuevos ámbitos socioculturales” (EG 30). En su reciente escrito sobre la santidad, el Papa nos da esta clave: “Dios siempre es novedad, que nos empuja a partir una y otra vez y a desplazarnos para ir más allá de lo conocido, hacia las periferias y las fronteras. Nos lleva allí donde está la humanidad más herida y donde los seres humanos, por debajo de la apariencia de la superficialidad y el conformismo, siguen buscando la respuesta a la pregunta por el sentido de la vida. ¡Dios no tiene miedo! ¡No tiene miedo! Él va siempre más allá de nuestros esquemas y no le teme a las periferias. Él mismo se hizo periferia (cf. Flp 2,6-8;Jn 1,14). Por eso, si nos atrevemos a llegar a las periferias, allí lo encontraremos, él ya estará allí. Jesús nos primerea en el corazón de aquel hermano, en su carne herida, en su vida oprimida, en su alma oscurecida. Él ya está allí” (GE 135).

La parábola nos da dos detalles más para la misión. El primero es la urgencia de salir. El señor dice al criado: “Sal aprisa”. El Evangelio nos urge. Urge salir: “ya no podemos quedarnos tranquilos en espera pasiva en nuestros templos” (EG 15).  No podemos entretenernos por el camino. El compromiso evangelizador no se puede postergar.

El segundo detalle es la orden del señor: “insísteles hasta que entren”, oblígales a entrar (compelle intrare). En la historia de la Iglesia, desde San Agustín, se ha abusado de esta expresión, entendiendo que justificaba la violencia contra el hereje. Lo que significa es que, respetando siempre la libertad, hay que ayudar las personas a darse cuenta de lo que supone acceder al banquete, porque en ello uno se juega la propia vida. Por eso, no podemos cejar en el empeño de proclamar la buena Noticia. El Evangelio ha de ser anunciado a todos los hombres y a todo el hombre.

  • ¿Cómo ayudar a quienes ya vienen a nuestras iglesias pero viven su fe sin gozo y rehúyen el compromiso?
  • Cuáles son las “periferias” en las que Dios quiere estar presente a través nuestro
  • ¿Nos urge el anuncio del Evangelio? ¿es una prioridad en nuestra vida?

6.-El rechazo

La parábola habla, también, del rechazo. Jesús la contó desde su propia experiencia de haber sido rechazado por los poderosos e incluso por el mismo pueblo judío y haber sido acogido precisamente por los pecadores, la gente sencilla y los paganos (cf. Lc 10, 21). También la experiencia de la primera Iglesia fue similar. Las comunidades cristianas, como recuerda San Pablo, no estaban formadas por “sabios según lo humano” ni poderosos ni aristócratas, sino por gente sencilla y, principalmente, por paganos (cf. 1 Cor 1, 26).

Los siervos deben contar con el rechazo, con el fracaso en su misión. El corazón del hombre puede hacer oídos sordos a la Palabra. Los afanes de la vida pueden impedir que el hombre mire hacia lo Alto y que crezca la semilla buena (Cf. Mt 13, 22). La autosuficiencia y la prepotencia pueden hacer que una persona juzgue inútil tomar parte en el banquete.

El evangelizador debe contar con la dificultad de hacer llegar la invitación de Dios y con la posibilidad de rechazo. Hay cristianos que viven desencantados, en la queja constante y el pesimismo estéril, porque encuentran dificultades en la transmisión de la fe o porque se sienten acomplejados ante el ambiente social. Pero “una persona que no está convencida, entusiasmada, segura, enamorada, no convence a nadie” (EG 266). Dice el Papa que las dificultades deben ser vistas como estímulos para crecer y nos recuerda que “estamos llamados a ser personas-cántaros para dar de beber a los demás. A veces el cántaro se convierte en una pesada cruz, pero fue precisamente en la cruz donde, traspasado, el Señor se nos entregó como fuente de agua viva. ¡No nos dejemos robar la esperanza!” (EG 86).

Conviene que nos fijemos en la actitud de Dios. Para Dios el “no” del hombre abre la oportunidad a un “sí” más grande. Ante la negativa de los primeros invitados, Dios hace que la invitación se extienda a más personas. El amor de Dios nunca fracasa, porque no se da por vencido. Explicaba en una homilía Benedicto XVI que Dios “no fracasa porque siempre encuentra modos nuevos de llegar a los hombres y abrir más su gran casa, a fin de que se llene del todo. No fracasa porque no renuncia a pedir a los hombres que vengan a sentarse a su mesa, a tomar el alimento de los pobres, en el que se ofrece el don precioso que es él mismo. Dios tampoco fracasa hoy. Aunque muchas veces nos respondan “no”, podemos tener la seguridad de que Dios no fracasa. Toda la historia, desde Adán, nos deja una lección: Dios no fracasa. También hoy encontrará nuevos caminos para llamar a los hombres y quiere contar con nosotros como sus mensajeros y sus servidores” (7-11-2006). Mientras nosotros excluimos a Dios, Él ocupa los abismos (los excluidos, los publicanos, las prostitutas) y los hace transparentes a su luz.

  • ¿Cómo reacciona Dios ante el rechazo? ¿qué hacemos nosotros?
  • ¿Vemos las dificultades como estímulos para crecer?
  • ¿Por qué Dios no fracasa nunca?

7.- Las excusas

El Evangelio de San Lucas especifica las excusas que van poniendo los convidados. Vale la pena detenernos en ellas porque revelan las dificultades que encontramos en el anuncio del Evangelio.

El primero de los convidados dice que ha comprado un campo y que tiene que ir a verlo. El segundo dice que ha comprado cinco yuntas de bueyes y tiene que probarlas. El tercero dice que se acaba de casar. Todas estas cosas son buenas, pero todas se podrían haber pospuesto. El ser humano se puede sumergir tanto en las cosas de este mundo que no le quede tiempo para rezar o para elevar la mirada a Dios. El seguimiento de Jesús requiere dejarlo todo, posponerlo todo por Él. Si el ser humano advirtiera lo que supone haber sido invitado al banquete, dejaría todo sin dudarlo para acudir. ¡Cuántas veces Jesús advirtió en su vida de que los afanes del mundo nos pueden impedir mirar a la eternidad!

Os transcribo el texto del Evangelio de Tomás, un escrito apócrifo del siglo II, que contiene una antigua versión de la parábola, en la que aparecen cuatro excusas similares:

Dijo Jesús: Un hombre tenía invitados y, tras preparar el banquete, envió a su siervo para invitar a los convidados. Este fue al primero y le dijo: “Mi amo te convida”. El contestó: “Los mercaderes me deben dinero, vendrán por la tarde y voy a darles instrucciones. Me excuso del banquete”. El siervo fue a otro y le dijo: “Mi amo te convida”. Él le dijo: “He comprado una casa y me obligan. No estaré libre por una jornada”. El siervo fue a otro y le dijo: “Mi amo te invita”. Él dijo: “Se casa mi amigo y yo debo preparar el banquete. No podré ir. Me excuso”. El siervo fue a otro y le dijo: “Mi amo te convida”. Él le dijo: “He comprado una finca y voy a recoger el alquiler. No podré ir. Me excuso”. El siervo regresó y dijo a su amo: “Los convidados al banquete se han excusado”. El amo dijo a su siervo: “Sal afuera, a los caminos y a quienes encuentres, invítales a tomar la cena. Los compradores y mercaderes no irán a las moradas de mi Padre”  (Evangelio de Tomás, 64)

Como en la parábola de San Lucas, en este texto las excusas tienen que ver con la vida cotidiana: cobrar una deuda, compra una casa, la boda de un amigo, la compra de una finca. Todo este elenco de excusas nos invita a que pensemos cuál es la excusa que nosotros ponemos a Dios para no ponernos por completo a su servicio, para no vivir la fe en plenitud.

Hoy también la gente sigue excusándose. Vemos las iglesias vacías, los seminarios tambaleándose y las casas religiosas con muy pocas vocaciones. La gente tiene cosas más importantes que hacer y no tiene tiempo para ir al banquete. ¿Qué podemos hacer? San Gregorio Magno, que fue Papa en el siglo VI, ya se preguntaba por qué el hombre puede decir “no” a Dios. Y respondía que se debe a que ha perdido la capacidad de gustar de las cosas espirituales. Cuando el hombre vive ocupado en su mundo, deja de mirar hacia Dios. Por eso, recomendaba: “usad de las cosas de la tierra, pero que vuestro deseo tienda a las que son eternas; las cosas temporales sean una ayuda en vuestro peregrinar, las eternas el término deseado de esta peregrinación” (Homilías sobre los evangelios, lib. II, 36, 11) Y añadía: “Que ninguna, pues, de las cosas de este mundo reprima el deseo de vuestro espíritu, que no os veáis enredados en el deleite que ellas procuran” (ibídem, 36, 12; vid. Oficio de lectura común de santos religiosos).

Nuestra misión como enviados es ayudar a suscitar en el corazón de los hombres el gusto por Dios, la experiencia de ser amado por Dios. Decía el Papa Benedicto: “Nuestra tarea consiste en ayudar a las personas a gustar, a sentir de nuevo el gusto de Dios” (Homilía 7-11-2006). Tenemos que ayudar al ser humano a recuperar la capacidad de percibir la mirada amorosa de Dios, a gustar qué bueno es el Señor (cf. Sal 34, 8).

  • ¿Cuáles son nuestras excusas para no vivir por completo la fe cristiana?
  • ¿Qué excusas pone la gente para no participar en la vida de fe?
  • ¿Cómo ayudar a los hombres a que sientan el deseo de Dios, el gusto de Dios?

8.- Mantener limpio el vestido

San Mateo vincula la parábola del banquete real con otra parábola con el fin de poner de relieve que es posible ser invitado a la boda y tener el atrevimiento de presentarse a la boda, sin estar en las condiciones debidas. Además del rechazo explícito de la invitación, participar indignamente en la celebración es otra manera de despreciarla. Según las costumbres de la época, a la boda había que acudir con un traje blanco y limpio. Suponía una gran descortesía haber sido invitado y no ir dignamente vestido.

Como hemos dicho, la parábola recuerda que todos los hombres son invitados. Dios llama a todos a través de la fe y el bautismo, que son los que permiten entrar en el banquete. Pero la vestidura blanca que recibimos en el bautismo debemos conservarla sin mancha. Dios nos viste con “vestidos de salvación” y con “el manto de la justicia”, dice Isaías (61, 10). En el último día, escribe el Apocalipsis, se nos ofrecerá un vestido blanco de lino finísimo (3, 4.5.18; 19, 8). Pero no basta decir “sí” para sentarse en el banquete. Hay que perseverar y mantener limpio el vestido, siendo fiel al don recibido.

Cuando el rey entró a la sala del banquete, comprobó con alegría que había muchos comensales, pero se entristeció al ver que uno no se había molestado en prepararse y lo expulsó. Dios examina a su pueblo, entra en la Iglesia y nos pregunta: ¿qué has hecho con las vestiduras que recibiste? ¿por qué las has ensuciado? ¿para qué te hiciste cristiano si no vives como tal?

La conclusión de la parábola es que son muchos los llamados pero pocos los escogidos. Ser admitido al banquete, formar parte de la Iglesia, no garantiza la elección para el reino definitivo. Hay que permanecer despierto (cf. Mc 13, 35), con el cinturón ceñido y la lámpara encendida (cf. Lc 12, 35), preparados para la fiesta (cf. Mt 22, 11-13). La conversión es una tarea permanente para la Iglesia. Mientras vivimos en este mundo, necesitamos volvernos constantemente hacia Dios.

  • En el bautismo se nos entregó una vestidura blanca y se nos dijo que la conserváramos sin mancha hasta la vida eterna. ¿Cómo se conserva esta vestidura?
  • ¿Para qué nos hicimos cristianos?
  • ¿Sentimos la necesidad de volvernos constantemente hacia Dios?

9.- Comensales en la mesa de Dios

Cada Eucaristía es anticipo del banquete del final de los tiempos y nos hace gustar por adelantado de los bienes futuros. “El banquete eucarístico –explicaba Benedicto XVI- es para nosotros anticipación real del banquete final, anunciado por los profetas (cf. Is 25,6-9) y descrito en el Nuevo Testamento como las bodas del cordero (Ap 19,7-9), que se ha de celebrar en la alegría de la comunión de los santos” (Sacramentum Caritatis, 31).

En la Eucaristía Dios nos sienta a su mesa y nos ofrece el alimento de la Palabra y del Cuerpo y Sangre del Señor. Dice bellamente el Concilio: “El Señor dejó a los suyos prenda de tal esperanza y alimento para el camino en aquel sacramento de la fe en el que los elementos de la naturaleza, cultivados por el hombre, se convierten en el cuerpo y sangre gloriosos con la cena de la comunión fraterna y la degustación del banquete celestial” (GS 38). A través de la comunión sacramental con el Hijo de Dios inmolado por nosotros, crece nuestra comunión con Cristo y se edifica la Iglesia.

La Eucaristía nos pone en tensión hacia el mundo futuro, nos hace anhelar participar en el banquete del Reino, que Jesús desea comer con sus discípulos (cf. Lc 22, 15-18). Cada Eucaristía “es anticipo de la gloria celestial” (CEC 1402), adelanto del banquete final. Es significativo que, antes de recibir la comunión, el sacerdote diga: “¡Dichosos los invitados a la cena del Señor!” Sí, somos dichosos porque Dios mismo nos invita. Cada comunión es anticipo de los manjares que gustaremos en el banquete futuro.

De la Eucaristía salimos transformados. Sentarnos a la mesa de Dios nos hace sentir con Él el deseo de que nuestros hermanos se sienten con nosotros y sean muchos los que participen de la fiesta. Cada vez que celebramos la Cena del Señor, somos enviados a anunciar su muerte y proclamar su resurrección, a pasar de la indiferencia a la misión, a contar lo que vivimos y cómo le reconocemos en la fracción del pan (cf. Lc 24, 35). De comensales pasamos a ser testigos, siervos que ayudan al Padre a reunir a todos los hijos dispersos por el mundo.

  • ¿Vivimos la Eucaristía como un regalo, una fiesta a la que Dios nos invita?
  • Cuáles son las condiciones para ser verdaderamente alimentados y transformados por los dones que recibimos
  • ¿Vivimos nuestra vida eucarísticamente, en tensión hacia el futuro?

 

Segunda parte: CRECER COMO IGLESIA DE PUERTAS ABIERTAS

 

Nuestra Iglesia de Menorca, después de un proceso de reflexión y confiada en la ayuda del Espíritu Santo, ha fijado como objetivo para los próximos cursos “crecer como Iglesia de puertas abiertas”. Sentimos la necesidad de una mayor apertura de nuestras comunidades. Sabemos que cuando la Iglesia se cierra en sí misma y mira sólo hacia adentro, se incapacita para la misión.

1.- Dios nos ha abierto la puerta

Hay una experiencia cristiana fundamental, que es la de saberse llamado, elegido y amado por Dios. La iniciativa procede siempre de Dios, que va por delante. Él es quien abre la puerta y convida al banquete; es Dios quien nos ha concedido la luz de la fe y quien nos ha llamado a formar parte de su Iglesia. La salvación no procede de nosotros mismos sino que viene de lo Alto; la primacía absoluta corresponde a la acción gratuita de Dios (cf. Placuit Deo, 9). El Papa Francisco dice que Dios siempre nos “primerea”, es decir, va por delante de nosotros.

Sabernos invitados al banquete sin mérito alguno, sin derecho a ello, apareciendo a última hora, nos llena de alegría y de gratitud. En la casa del Padre descubrimos que “ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios ha preparado para los que le aman.” (1 Cor 2,9). Y del Padre aprende la Iglesia abrir sus puertas, a “adelantarse tomar la iniciativa sin miedo, salir al encuentro, buscar a los lejanos y llegar a los cruces de los caminos para invitar a los excluidos” (EG 24).

La gratitud y la alegría de sentirnos en la casa del Padre nos mueven a abrir las puertas y salir al encuentro de los hermanos. No salimos a invitar en nombre propio; no somos los anfitriones, sino sólo siervos agradecidos que quieren transmitir a todos lo que han vivido: que el Señor quiere ver la casa llena, que hay sitio para todos.

  • ¿Tenemos experiencia de que Dios va siempre por delante?
  • ¿Damos gracias a Dios por haber sido invitados al banquete?

2.- Abrir nuestras puertas

Nos ha dicho el Papa Francisco que “la Iglesia en salida es una Iglesia con las puertas abiertas” (EG 46). La Iglesia está llamada a ser casa abierta a todas las personas. “La Iglesia no es una aduana; es la casa paterna donde hay lugar para cada uno con su vida a cuestas” (EG 47).

Será bueno que pensemos cuáles son las puertas que hemos cerrado. Los grupos que realizaron el trabajo diocesano “Discernir para evangelizar” señalaban que muchas veces ofrecemos la imagen de una Iglesia cerrada en sí misma y pedían que estuviera abierta a todos. Entre los grupos y personas a las que se han cerrado las puertas se destacaban los divorciados y separados,  los homosexuales, las mujeres y los jóvenes. También hemos cerrado a muchas personas las puertas de los sacramentos, sin ningún motivo. Las personas que solicitan recibir un sacramento encuentran en nosotros, muchas veces, impedimentos, burocracia y normas. Un signo de apertura, se señalaba también, es mantener abiertos los templos, para que las personas puedan acercarse a ellos.  Cada comunidad cristiana debería pensar cuáles son sus miedos, qué puertas ha cerrado. Y al mismo tiempo, hemos de dejar que el Espíritu venga y nos haga abrir las puertas y ponernos en los caminos de los hombres, en las plazas de la ciudad y en los senderos del campo. Es el Espíritu el que, con su fuerza, transforma a hombres débiles y temerosos como nosotros, en testigos, proclamadores de la grandeza de Dios.

Jesucristo ha derribado los muros que separan a los hombres. Por medio de su entrega en la cruz, derribó el muro que separaba a judíos y gentiles (cf. Ef 2, 14). La Iglesia tiene también que derribar los muros que la separan de los hombres, para hacer llegar a todos la invitación de Dios.

Se nos pide ser “audaces y creativos” (EG 33) para encontrar caminos de apertura. Animo a cada comunidad a pensar cómo puede mejorar su acogida, cómo puede estar más cercana a todos, cómo se puede hacer presente en la población o barrio, cómo servir mejor a los más pobres, cómo llevar la Buena Noticia a todos, de manera que cada parroquia sea “centro constante de envío misionero” (EG 28).

Cuando se abren puertas se pierde el confort y el calor del hogar y es fácil sentirse más a la intemperie. Abrir puertas supone dejar que el mundo cuestione muchas seguridades y certezas, exponerse a la crítica y al rechazo. El Papa Francisco, que es muy consciente de este riesgo, dice: “prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a sus propias seguridades” (EG 49).

Pero cuando se cierran las puertas, se acaba haciendo irrespirable el aire. Una Iglesia que se cierra en sí misma es una Iglesia que se ahoga; una comunidad que no mira hacia fuera acaba asfixiándose. No podemos vivir en una burbuja, aislados del ambiente. Necesitamos abrir puertas y establecer lazos con todos, para hacer presente el mensaje del Evangelio en todos los ambientes.

  • ¿Cuáles son nuestros miedos? ¿qué puertas cerramos a los demás?
  • ¿Cómo podemos estar más cercanos a los hombres?
  • ¿Tenemos miedo a ser cuestionados y perder nuestras seguridades?

3.- Salir a la calle

Si abrimos las puertas es para salir a la calle. Nos preocupa “que tantos hermanos nuestros vivan sin la fuerza, sin la luz y el consuelo de la amistad con Jesucristo, sin una comunidad de fe que los contenga, sin un horizonte de sentido y de vida” (EG 49). Debemos abrir las puertas de nuestras iglesias, no sólo para que otros entren, sino para salir nosotros por ellas. Todos los hombres y mujeres de Menorca tienen derecho a recibir el anuncio y ser invitados a participar en la alegría de la fiesta. Nuestra Iglesia no está completa hasta que cada hombre y mujer de la isla haya sido invitado a sentarse con nosotros.

Nuestro plan de pastoral desea que progresivamente:

1) Advirtamos que somos criados del Señor, siervos suyos elegidos para ser sus testigos. Para ello nos proponemos revitalizar la comunión dentro de la Iglesia (parroquias, arciprestazgo, Diócesis) y la vivencia de la corresponsabilidad, especialmente de los fieles laicos. Todos debemos implicarnos en la misión. Para alcanzar esta meta será muy importante cultivar la vida espiritual y sacramental siguiendo las recomendaciones de la Exhortación “Gaudete et Exultate” (curso 2018-2019).

2) Cambiemos las actitudes de cerrazón por las de apertura a todos. Necesitamos acoger y escuchar a todos, sin juzgarlos previamente. Debemos buscar momentos de encuentro con los demás, promover iniciativas de acogida y crear espacios de convivencia con todos (curso 2019-2020).

3) Nos acerquemos a los más pobres, que “son los destinatarios privilegiados del Evangelio” (EG 48). Como comunidad cristiana sentimos una llamada especial a ponernos al servicio de quienes viven en soledad o en marginación, de los enfermos y los ancianos, de los presos y los refugiados, de todos los más débiles y necesitados (curso 2020-2021).

4) Nos abramos de modo especial a los que, por cualquier razón, se han alejado de la fe en Jesucristo y de la vida de la Iglesia, a los que viven en la indiferencia y también a los que, estando integrados en la Iglesia viven rutinariamente la fe. Hay muchas personas que esperan de nosotros una palabra de aliento. También a ellos debemos invitar a entrar y participar de la fiesta (curso 2021-2022).

  • ¿Nos preocupa realmente que las personas crezcan sin la luz de la fe en Jesucristo?
  • ¿Piensas que este plan pastoral podrá ayudar a crecer a nuestra Iglesia?

 

4.- ¡Anunciad!

Todo nuestro programa pastoral se presenta con el lema  “Sal por las plazas y caminos”. El mandato del Señor es claro: “Anunciad” (Mc 16,15), “haced discípulos y enseñad” (Cf. Mt 28,19-20), “sed mis testigos” (Hech 1,8).

El núcleo de este anuncio debe ser la misericordia y el amor de Dios manifestado en Jesucristo. El Papa Francisco ha recordado en la Exhortación Evangelii Gaudium la importancia del “primer anuncio”, es decir, la proclamación del kerigma cuyo núcleo es la persona de Jesucristo. Hay que repetir muchas veces: “Jesucristo te ama, dio su vida para salvarte, y ahora está vivo a tu lado cada día, para iluminarte, para fortalecerte, para liberarte”. Y subraya que este anuncio no es sólo primero en sentido cronológico, sino también cualitativo, porque “es el anuncio principal, ese que siempre hay que volver a escuchar de diversas maneras y ese que siempre hay que volver a anunciar de una forma o de otra a lo largo de la catequesis, en todas sus etapas y momentos” (EG 164). Por esto, todas nuestras catequesis, homilías y actividades deben tener este sentido misionero.

Hemos de pasar de una pastoral de mantenimiento a una pastoral de propuesta. La pastoral que domina en nuestras parroquias se conforma con el mantenimiento de lo que existe, con satisfacer las necesidades espirituales de los feligreses. Hay que pasar a una pastoral misionera, de propuesta sencilla, decidida y clara del Evangelio de Jesucristo. La Iglesia entera debe ponerse “en estado permanente de misión” (EG 25). Esta actitud tiene que dominar todo lo que hacemos: desde el encuentro con unos novios que desean casarse a la catequesis o la pastoral de enfermos o difuntos. A la luz de este criterio, deberemos revisar todas nuestras acciones, priorizando las que tienen carácter evangelizador, las que conducen a formar discípulos y no “consumidores” adormecidos de la religión. Las parroquias no existen para los que ya vienen a Misa, sino para los que no vienen; la Iglesia entera sólo para llevar a cabo “la dulce y confortadora tarea de evangelizar” (EN 80, cf. 14).

El anuncio de Jesucristo, la propuesta decidida de la fe debe caracterizar toda nuestra acción pastoral. Proponer es tomar la iniciativa de ir hacia el otro, estando convencidos de que tenemos algo que ofrecerles. Anunciar a Cristo es proclamar la mejor de las noticias, porque Él es el hombre perfecto, que “manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación” (GS 22). Quien acepta participar en el banquete no puede hacerlo movido por la propaganda o la manipulación, sino porque está convencido de que ser invitado es la mejor noticia que puede recibir.

Proponer la fe es, sobre todo, introducir en una vida. Al comienzo del Evangelio de San Juan se narra el llamamiento de los primeros discípulos y se va repitiendo esta invitación: “Ven y verás” (Jn 2, 39, 45). Anunciar la fe no es explicar una bella teoría, sino invitar a participar en una vida, sugerir a los demás que vivan la experiencia de amistad con Jesucristo. En la Encíclica Lumen Fidei se dice que “la fe se transmite, por así decirlo, por contacto, de persona a persona, como una llama enciende otra llama” (LF 37). Cada cristiano puede “contagiar” a los demás la serenidad que da poner la vida en manos de Jesucristo así como la luz que procede de su Palabra y la alegría que engendra amar y sabernos amados por Él.

  • ¿Cómo hacer que el primer anuncio esté presente en toda nuestra acción pastoral?
  • ¿Qué implicaciones tiene pasar de una pastoral de mantenimiento a una pastoral de propuesta?
  • “Proponer la fe es introducir en una vida”. ¿Qué consecuencias tiene esta afirmación para nuestra acción catequética?

5.- Revitalizar las comunidades parroquiales

Para evangelizar necesitamos contar con comunidades vivas, en las que todos se sientan corresponsables de la misión. Comunidades que se dejen impulsar por el Espíritu, que estén atentas en la escucha y celebración de la Palabra, disponibles para el servicio a los más pobres y en alerta para detectar los signos de los tiempos. Esto nos exige salir del anonimato y revitalizar la vivencia de la comunión en nuestras parroquias. Es tiempo también de aunar fuerzas. No podemos perdernos en disputas internas.

Es necesario fortalecer la vida de las comunidades, crecer en la vivencia de Cristo y del Evangelio. La fe sólo puede surgir y desarrollarse en el seno de la Iglesia, dentro de la comunidad de los creyentes. La comunidad es también el contexto vital que permite vivir la vida nueva del Evangelio. Esta comunidad se hace más necesaria cuando el ambiente en que vivimos no facilita la fe.

El núcleo vital de la una comunidad es la Mesa Eucaristía. San Juan Pablo II señaló que “la parroquia está fundada sobre una realidad teológica, porque ella es una comunidad eucarística. Esto significa que es una comunidad idónea para celebrar la Eucaristía, en la que se encuentran la raíz viva de su edificación y el vínculo sacramental de su existir en plena comunión con toda la Iglesia” (Christifideles Laici, 26). Es la Eucaristía la que edifica la comunidad, poniendo a cada uno en comunión con Cristo: “formamos un solo cuerpo porque comemos de un mismo pan” (1 Cor 10, 17). En la Mesa Eucarística recibimos la fuerza para la misión. Y a ella se ordena toda la vida cristiana como a su culmen.

Revitalizar las comunidades parroquiales es condición para crecer como Iglesia en salida, en misión. Cada parroquia ha de ser, en palabras del Papa Francisco, “comunidad de comunidades, santuario donde los sedientos van a beber para seguir caminando, y centro de constante envío misionero” (EG 28).

A la parroquia corresponde, sobre todo, ser signo de Cristo para las personas de su circunscripción. Como recordó el Concilio Vaticano II, la Iglesia es en Cristo como un sacramento de la unidad del género humano (LG 1). Cada parroquia, cada comunidad cristiana tiene la misión de hacer que resplandezca el signo de Cristo. Nuestras comunidades, a pesar de sus pobrezas y limitaciones, han recibido el don de ser signo de Cristo para las gentes del barrio o del pueblo en que se ubican. Tienen, como toda la Iglesia, la misión de “ser  signo e instrumento de la presencia de Cristo en el mundo” (Misal romano, oración colecta por la Iglesia local). Al mismo tiempo, cada parroquia muestra el rostro de toda la Iglesia Diocesana y hace presente a toda la Iglesia Universal.

  • Cuáles son las características de una “comunidad viva”
  • ¿Nos perdemos en disputas internas?
  • ¿Para qué existen las parroquias? ¿cuál es su principal finalidad?

6.- Trabajar siguiendo un plan

Durante los próximos cuatro cursos vamos a trabajar siguiendo un plan de pastoral. Hemos detectado unas carencias y hemos fijado unos objetivos comunes. Ahora todos debemos hacer el esfuerzo por llevarlos a cabo. Un plan pastoral es un instrumento que pretende servir al anuncio del Evangelio en nuestra Diócesis. En él se fijan unas prioridades y se indican unos acentos para concentrar en esos objetivos nuestras fuerzas.

Trabajar con unos objetivos comunes nos enseña a caminar unidos, sinodalmente. Unidos al Obispo, a quien corresponde “suscitar, guiar y coordinar la obra evangelizadora de la Iglesia diocesana” (Directorio Obispos, n. 162). Y unidos como pueblo de Dios, conscientes de que todos y cada uno de los bautizados tiene la misión ineludible de anunciar el Evangelio. Unidos como comunidad, como Iglesia-comunión, que camina por los senderos de la historia, queremos hacer partícipes a todos del gozo que da la fe en Jesucristo.

Para que nuestro programa pastoral no quede en el aire, cada comunidad cristiana, cada parroquia y grupo, deberá concretar los objetivos comunes y fijar acciones concretas para llevarlos a cabo. También las diferentes áreas de pastoral y los secretariados diocesanos deberán tener en cuenta en sus programaciones los objetivos comunes. No importa que las acciones sean sencillas y modestas. Lo importante es ir dando pasos, ir caminando en la dirección que el Señor pide en estos momentos a nuestra Iglesia.

Es también importante que evaluemos estas acciones. Esta responsabilidad atañe especialmente a los consejos parroquiales y arciprestales, los cuales deben ir revisando la realización de las acciones programadas. En el ámbito diocesano convocaremos cada año un encuentro de todos a final de curso, en el que evaluaremos el trabajo realizado y presentaremos las líneas de acción del curso siguiente. Será momento de compartir como Iglesia diocesana lo que Dios ha hecho por medio de nuestro (cf. Hech 14, 27).

En el Directorio para los Obispos se dice que un plan de pastoral ayuda a aunar los esfuerzos de todos. Y añade: “pero sin olvidar jamás la acción del Espíritu Santo en la obra de evangelización” (n. 162). En efecto, hemos de ser muy conscientes de que el principal agente evangelizador es el Espíritu Santo. Nuestros esfuerzos y preocupaciones serían inútiles si no contáramos con el impulso del Espíritu, que es quien da vida a la Iglesia, la renueva y sostiene su acción evangelizadora. Es bueno contar con un medio como el plan de pastoral, pero es malo confiar en exceso en lo que sólo es un instrumento. Un plan de pastoral nace y se desarrolla adecuadamente cuando está envuelto por la actitud orante, de escucha de lo que el Espíritu dice hoy a nuestra Iglesia de Menorca, y de invocación de su gracia para poder llevarlo a cabo.

  • ¿Somos conscientes de la necesidad de trabajar en comunión con el Obispo y con las demás comunidades?
  • En nuestra comunidad, ¿trabajamos siguiendo unos objetivos? ¿los evaluamos?
  • ¿Ocupa la oración un lugar central en nuestra acción pastoral?

7.- Oración final

Por eso, al acabar esta, mi primera carta pastoral, os invito a orar al Padre, dándole gracias porque nos ha abierto de par en par las puertas de su casa y nos ha convidado a entrar en el banquete. Le damos gracias, también, porque a nosotros, pobres siervos inútiles, nos ha confiado la tarea de proclamar su amor gratuito por todos los rincones de Menorca.

Que Santa María, la Mare de Déu del Toro, nos ayude a abrir las puertas de esta Iglesia para que sea casa acogedora, en la que muchos entren.

Ciutadellla de Menorca, 15 de agosto 2018

Solemnidad de la Asunción de Nuestra Señora

+ Francesc Conesa Ferrer, bisbe de Menorca